
Vale. Está vieja. Si, tenéis razón: necista un meneo, una buena inversión que le de otro aire. El comedor, por ejemplo: está igual que cuando íbamos de Udalekus... de chavales. Las mismas mesas con los chapados en madera gastados, sin brillo, con los bordes comidos por el roce de miles de cuchillos y cucharas. O la cocina: con el mismo fuego en los que nuestras sukaldaris han cocinado año tras año cientos, quizá miles, de kilos de pasta, patatas, huevos, lentejas, natillas... ¿Y qué me decís de las habitaciones? Las literas, que hemos montado y desmontado unas cuantas veces mientras hablabamos y tragábamos polvo, con los colchones enfundados que te dejaban los dedos quemados del roce; con las mismas vigas en el techo de madera en las que, una y otra vez, chocábamos cuando, ya de monitores, subíamos a echar la bronca. O los baños: con el mismo azulejo, las mismas puertas, los mismos lavabos en los que limpiabamos con vinagre las cabezas de los chavales (¿alguien vio alguna vez algún piojo?). O el patio. O...
Ya sé. Está muy vieja. Necesita obra. Y dinero que le devuelva algo de esplendor o, por lo menos, le aproxime a la nobleza que la casa tiene en su estructura original, en sus paredes del siglo XVII.
Pero, así y todo, o quizá precisamente por eso, cada vez que doblo la esquina y enfilo la plaza y me doy de bruces con La Tahona, siento una extraña sensación: es como si viajara en el tiempo en doscientos metros, y en esos 30 segundos que tardas en llegar recorrieras la película de nuestros veranos, y se te acercaran de un golpe tantos recuerdos que no puedes abarcar a la vez. Y no sabes si estás triste o contento. Nostálgico por lo pasado, o feliz porque, pese a todo, lo que vivimos ahí sigue vivo de muchas formas.
Eso si: el fin de semana pasado hacía un frío del carajo, y Jagoba ya no ronca como antes. Hasta pude dormir a su lado.

